Reconstruir la historia del águila moteada (Clanga clanga) en El Hondo no es tarea sencilla. Las primeras citas se produjeron en una época en la que ni los medios ópticos, ni los conocimientos especializados, ni la comunicación entre observadores tenían nada que ver con los actuales. No existían emisores GPS, ni bases de datos compartidas, ni la posibilidad de contrastar una observación en tiempo casi real, como hoy ocurre gracias a internet.
Sin embargo, que aquellas observaciones fueran más difíciles de documentar no significa que fueran menos valiosas. Al contrario: cuando se ponen en contexto las citas históricas, las observaciones de naturalistas desde los años noventa y los datos obtenidos en las dos últimas décadas, emerge una idea clara: la presencia de águilas moteadas en El Hondo no es casual ni reciente, sino un fenómeno sostenido en el tiempo.
Entre esas primeras observaciones se encuentran las realizadas por un jovencísimo Daniel Ferràndez, Pallisa, que aún hoy recuerda con nitidez la primera vez que vio un águila moteada en El Hondo. Fue en diciembre de 1995. Le llamó especialmente la atención la silueta en vuelo, con las alas arqueadas y las “manos” claramente caídas, una forma que no coincidía con la de las rapaces que estaba acostumbrado a observar en el humedal. Aquella impresión inicial le llevó a consultar la guía de referencia del momento, la Peterson, llegando a la conclusión de que se trataba de una moteada.
No obstante, sus observaciones no fueron plenamente atendidas por ornitólogos más experimentados de la época. Eran años sin cámaras digitales que inmortalizaran cada encuentro y sin foros ni bases de datos compartidas; años en los que aquellas águilas oscuras, casi negras, quedaban relegadas, en muchas ocasiones, al recuerdo del observador y a sus anotaciones personales.
A estas observaciones se suman también los relatos de algunos cazadores locales de El Hondo, que describieron grandes águilas oscuras mucho antes de que la especie adquiriera el aura simbólica que hoy le otorgamos desde el conservacionismo. Testimonios quizá menos románticos, pero igualmente valiosos como parte del mosaico histórico que permite reconstruir la relación entre la especie y el humedal.
En la historia reciente de El Hondo, el nombre de Tõnn ocupa un lugar destacado. Fue el primer ejemplar de águila moteada seguido mediante GPS y se convirtió en un auténtico emblema, contribuyendo de forma decisiva a divulgar la importancia de este espacio como zona de invernada para la especie. Gracias a su seguimiento, muchas personas descubrieron que El Hondo formaba parte del mapa vital de un ave tan escasa como fascinante.
Sin embargo, reducir la historia de las águilas moteadas en El Hondo únicamente a Tõnn sería una simplificación injusta. Su caso no fue una excepción aislada, sino la confirmación moderna de un patrón mucho más antiguo. El humedal ya estaba en el radar de la especie mucho antes de que los satélites comenzaran a revelar sus movimientos y estrategias migratorias.
Otro momento relevante en la historia reciente de las águilas moteadas en El Hondo fue el avistamiento de un ejemplar del morfo claro (fulvescens) en enero de 2020. Recuerdo con exactitud el instante en que la vi por primera vez; ese tipo de recuerdos que, como le sucede a Daniel Ferràndez Pallisa, se quedan grabados a fuego.
Regresábamos en barca tras una jornada de siega —trabajos que deben finalizarse antes del inicio de la época de nidificación— cuando, de pronto, divisé una silueta enorme sobre el canal. Presentaba una tonalidad inusual para las grandes aves rapaces que estaba acostumbrada a ver, hasta el punto de llegar a pensar que el cansancio y la distancia podían estar distorsionando mi percepción.
Varios días después, el 15 de enero, la fortuna volvió a cruzarse en mi camino. Era ya tarde, pero aún había buena luz, lo que me permitió observarla con total nitidez e incluso fotografiarla. En aquel momento, mi inexperiencia y la emoción del encuentro me llevaron a confundirla con un ejemplar joven de águila imperial, “un pajizo”. Sin embargo, gracias a internet y a la red de comunidades ornitológicas, compartí la imagen en busca de confirmación, lo que dio lugar a un intenso debate.
Finalmente, el ave fue identificada correctamente como un águila moteada de morfo claro (fulvescens). Gracias a la información aportada por otros observadores, también fue posible vincularla con un avistamiento del mismo ejemplar realizado en octubre de 2019 en Francia. Aquella ave no tardó en hacerse conocida, adoptando el sobrenombre de Fulvescens, y regresó a El Hondo en todos los inviernos posteriores a aquel 2020.
Sin embargo, su origen exacto, la ruta seguida hasta llegar al humedal y su destino posterior siguieron siendo un misterio… al menos hasta este verano
Durante el verano de 2025 se produjo un hallazgo clave. En un nido fue anillado un macho adulto de águila moteada de morfo claro (fulvescens). No se trataba de un pollo, como suele ser habitual en este tipo de actuaciones, sino de un ejemplar adulto, que fue anillado junto a uno de sus pollos, también de morfo claro. Ambos fueron equipados con emisores GPS e incorporados al programa de seguimiento del proyecto LIFE GSELIFE AboveBorders.
El macho adulto fue bautizado como Karel, y el pollo recibió el nombre de Karjuv.
Poco después de iniciar su migración, Karel tomó una ruta poco frecuente hacia el oeste, la misma que en su día utilizó Tõnn para alcanzar El Parque Natural El Hondo. A partir de ese momento, las piezas empezaron a encajar. Todo indica, sin un margen razonable de duda, que Karel es el mismo individuo conocido durante años en El Hondo como Fulvescens: no existe constancia de otro ejemplar de este morfo en la zona, la cronología coincide plenamente, sus movimientos migratorios encajan con los registros históricos y, además, el bajísimo porcentaje del morfo fulvescens dentro de la población occidental europea refuerza de manera contundente esta identificación.
Y entonces: ¿dónde está Karel en estos momentos?
Este año, seguir los movimientos y la presencia de las moteadas en El Hondo ha tenido un aliciente especial. Llegaron pronto; a mediados de octubre ya podían observarse con claridad al menos dos águilas moteadas distintas. Durante las navidades recibimos además un nuevo ejemplar, con las típicas manchas blancas bien definidas, lo que indica que se trata de un individuo nacido en 2025. Sin embargo, nuestra Fulvescens aún no había aparecido.
Gracias a la plataforma de seguimiento del proyecto LIFE, sabemos que Karel ya se encuentra en la Comunidad Valenciana, a pocos kilómetros de su cuartel de invernada habitual. Como ya hizo en 2020, se está tomando su tiempo. Pero todo apunta a que, en breve, Karel volverá a sobrevolar los terrenos de El Hondo, y podremos disfrutar de nuevo contemplando a esa vieja conocida que durante años fue un misterio… y que hoy, por fin, tiene nombre, historia y trayectoria conocida.
En definitiva, El Hondo se ha consolidado como un enclave clave para una especie tan escasa como el águila moteada, especialmente por la importancia crítica que tienen sus áreas de invernada para la supervivencia de la población occidental. La gestión de este espacio, la tranquilidad de los embalses administrados por Riegos de Levante, su carácter de reserva, y la presencia de grandes eucaliptos que sirven de posadero y refugio, han configurado un entorno al que las moteadas regresan año tras año.


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